ID de noticias: 15066
Fecha de publicación : 04 November 2015 - 13:49
La invasión estadounidense a Irák no puede ser denominada una "guerra", debido a sus injustas e infundadas justificacones, planteadas por el gobierno de Casa Blanca. En el siguiente artículo revisamos algunos hechos del evento citándose por el pensador, Noam Chomsky.

LHVnews, EE.UU; De manera consistente, EUA se ha opuesto a la democracia en Irak tanto como en cualquier otro lugar, a menos que esta se mantuviera dentro de estrechos límites. Esta perspectiva emerge con gran claridad de los registros históricos y documentales. Un destacado académico, que participó de los programas de "promoción de la democracia” durante el gobierno de Ronald Reagan, describe adecuadamente el objetivo como "formas limitadas de cambio democrático desde arriba hacia abajo que no pusieran en peligro las estructuras tradicionales de poder históricamente afines a EUA”.


En 1991, Saddam Husseim fue autorizado a reprimir brutalmente un levantamiento cuyo objetivo era derrocarlo y dejar al país en manos de los iraquíes, quienes probablemente no se hubieran sometido a Washington lo suficiente. Los que ahora pretenden estar espantados por las fosas colectivas (que siempre supieron que existían) y eligen suprimir la explicación que habían dado en su momento –esto es, que era correcto para Washington autorizar la masacre, porque Saddam "ofrecía a Occidente y a la región una esperanza mejor de estabilidad de su país que aquellos que habían sido sus víctimas”3– entendieron muy bien esta situación. El principal periodista del New York Times en asuntos del Medio Oriente, quien ahora escribe que las fosas colectivas justifican su argumento moral a favor de la invasión, contó una historia bastante diferente cuando en 1991 se tomó la decisión de no permitir que los iraquíes derrocaran a Husseim. "El mejor de todos los mundos para Washington –explicaba–, sería ‘una junta iraquí con puño de hierro sin Saddam Hussein’, pero que gobernara como lo hacía Saddam”.


Como esto no era posible, simplemente tendríamos que respaldar a Saddam, el amigo y aliado de Washington, que a pesar de haber caído en desgracia cuando desobedeció (o tal vez malinterpretó) las órdenes e invadió Kuwait en agosto de 1990, era una opción mejor que un Irak gobernado por el pueblo iraquí4. Doce años más tarde, la cumbre de las Azores no hizo más que reiterar esta posición: los iraquíes pueden gobernar Irak tanto como los amigos latinoamericanos de Washington podían gobernar el "patio trasero” de EUA o como los propios iraquíes gobernaron su país bajo supervisión británica luego de la Primera Guerra Mundial.


Durante los años siguientes, el feroz régimen de sanciones de EUA y el Reino Unido devastó a la sociedad iraquí pero fortaleció al tirano, forzando a la población a depender de su sistema (altamente eficiente) de distribución de bienes básicos para sobrevivir. Así, las sanciones frenaron la posibilidad de una revuelta popular del tipo de las que habían derrocado a una serie impresionante de otros monstruos firmemente apoyados por los actuales ocupantes de Washington: Ferdinand Marcos, François Papa Doc Duvalier y Nicolai Ceausescu hasta el final de sus gobiernos sangrientos, junto con Joseph-Désiré Mobutu, Mohamed Suharto y una larga lista, algunos de los cuales eran tan tiránicos y bárbaros como Saddam. De no haber sido por las sanciones, Saddam bien podría haber seguido ese mismo camino, tal como lo señalaron los occidentales que mejor conocen Irak, Denis Halliday y Hans van Sponeck, quienes fueron coordinadores de la misión humanitaria de la ONU acompañados por un equipo internacional de cientos de investigadores que recorrían diariamente el país.


En los primeros días de la invasión, Leith Kubba , una de las voces opositoras seculares iraquíes más respetadas fuera del país, vinculado con el National Endowment for Democracy del Congreso*, un organismo creado por el Congreso de EUA , demandó que la ONU tuviera un rol vital luego del final de la guerra y rechazó la posibilidad de que EUA controlara la reconstruyeron .Y una de las principales figuras de la oposición chiíta, el líder del Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak, Sayed Muhamed Baqer al-Hakim, declaró a la prensa desde su exilio en Irán:" nosotros entendemos que esta guerra es una imposición de la hegemonía estadounidense en Irak”, agregando que percibían a EUA como "una fuerza de ocupación más que de liberación”. Enfatizaba que la ONU debía supervisar la elección y llamaba a las "tropas extranjeras a abandonar Irak” y a dejar a los iraquíes a cargo. Reiteró esta postura en su retorno a Irak el 10 de mayo de 2003.

En términos generales, es probable que la mayoría chiíta se una al resto de la región en busca de relaciones más estrechas con Irán, que es lo último que quieren los bushistas. Los kurdos, el componente de la población que le sigue en número, probablemente busque alguna clase de autonomía dentro de una estructura federal, lo cual sería un anatema para Turquía, principal base regional para EUA. Una democracia genuina en la región produciría resultados incompatibles con los objetivos hegemónicos norteamericanos. Estudios recientes indican que, de Marruecos al Líbano y al Golfo, una gran mayoría de la población desea que los líderes religiosos islámicas tengan mayor protagonismo en el gobierno y aproximadamente el 95% cree que el único interés de EUA en la región es el control de su petróleo y el fortalecimiento de Israel.


Imaginar que Washington toleraría elecciones realmente democráticas en Irak y que respetaría el resultado de las mismas fue siempre una fantasía. bilidad de una revuelta popular del tipo de las que habían derrocado a una serie impresionante de otros monstruos firmemente apoyados por losactuales ocupantes de Washington: Ferdinand Marcos, François Papa Doc Duvalier y Nicolai Ceausescu hasta el final de sus gobiernos sangrientos, junto con Joseph-Désiré Mobutu, Mohamed Suharto y una larga lista, algunos de los cuales eran tan tiránicos y bárbaros como Saddam. De no haber sido por las sanciones, Saddam bien podría haber seguido ese mismo camino, tal como lo señalaron los occidentales que mejor conocen Irak, Denis Halliday y Hans van Sponeck, quienes fueron coordinadores de la misión humanitaria de la ONU acompañados por un equipo internacional de cientos de investigadores que recorrían diariamente el país.


En los primeros días de la invasión , Leith Kubba , una de las voces opositoras seculares iraquíes más respetadas fuera del país, vinculado con el National Endowment for Democracy del Congreso, un organismo creado por el Congreso de EUA , demandó que la ONU tuviera un rol vital luego del final de la guerra y rechazó la posibilidad de que EUA controlara la re construcción .Y una de las principales figuras de la oposición chiíta, el líder del Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak, Sayed Muhamed Baqer al-Hakim, declaró a la prensa desde su exilio en Irán:" n o s o t ros entendemos que esta guerra es una imposición de la hegemonía estadounidense en Irak”, agregando que percibían a EUA como "una fuerza de ocupación más que de liberación”. Enfatizaba que la ONU debía supervisar la elección y llamaba a las "tropas extranjeras a abandonar Irak” y a dejar a los iraquíes a cargo. Reiteró esta postura en su retorno a Irak el 10 de mayo de 2003.

Imaginar que Washington toleraría elecciones realmente democráticas en Irak y que respetaría el resultado de las mismas fue siempre una fantasía. Los hacedores de políticas en EUA querían un régimen títere, siguiendo las prácticas vigentes en el resto de la región y, más claramente, en regiones como Centroamérica y el Caribe que habían estado bajo dominación estadounidense durante un siglo. Brent Scowcroft, el asesor nacional de seguridad de Bush padre, recientemente repitió lo obvio: "¿Que pasará la primera vez que celebremos una elección en Irak y ganen los radicales? ¿Qué harían? Nosotros seguramente no los vamos a dejar asumir”.

El desprecio que tiene la Administración Bush por la democracia fue aún más flagrante en relación con los estados que se negaron a sumarse a la invasión. El fracaso de los así llamados "esfuerzos diplomáticos” –de hecho, el fracaso de la coerción, los sobornos y amenazas– para ganar el apoyo de estos estados se debió a la oposición masiva de la vasta mayoría de la población de los mismos. El caso más elocuente fue el de Turquía, muy vulnerable a los castigos e incitaciones de EUA. Sin embargo, para sorpresa de todos, el nuevo gobierno turco no pudo lograr que el parlamento respaldara el rol que le había reservado EUA al país, rechazado por el 95% de la población. Turquía fue ásperamente condenada por esta posición en EUA, al igual que Francia y Alemania, ya que sus gobiernos adoptaron la posición de la abrumadora mayoría de sus poblaciones, mientras que países como Italia y España (y por supuesto el Reino Unido) fueron elogiados: sus líderes aceptaron seguir a Washington a pesar de la oposición de una mayoría de votantes aún más amplia que la de la ultrajada vieja Europa. El criterio que diferenciaba a la vieja Europa (denunciada y castigada) de la nueva (elogiada y recompensada) era bastante claro: si un gobierno asumía la misma posición que la vasta mayoría de su población, este pertenecía a la vieja Europa; si seguía las órdenes marciales emanadas desde Crawford, Texas, y desdeñaba las perspectivas de la inmensa mayoría de sus poblaciones, era parte de la excitante y promisoria nueva Europa, la ola del futuro en la cruzada por la democracia.

Todo esto estuvo acompañado por una amplia celebración en los medios de las convicciones democráticas de líderes que en realidad estaban expresando su odio por la democracia con dramática claridad. Si esto hubiera estado pasando en Andorra podría haber sido gracioso, pero no lo era cuando sucedía ante nuestros ojos en el estado más poderoso de la historia, el cual había proclamado su intención de gobernar el mundo, por la fuerza de ser necesario.

El miedo y el odio a la democracia sustantiva por parte de las elites no son nuevos ni sorprendentes. Pero no recuerdo nada similar a este desprecio abierto y descarado por la creencia de que la voz del pueblo tiene que tener algún rol en una "democracia”. No sólo los funcionarios gubernamentales adoptaron esta posición con remarcable uniformidad; también lo hicieron muchos comentaristas, incluyendo liberales como Thomas Friedman*, quien nos informó que "Francia, como dicen en el jardín de infantes, no sabe jugar bien con otros” y debería, por lo tanto, ser reemplazada en el Consejo de Seguridad por India, que es "seria”, ahora que está gobernada por un partido nacionalista de ultraderecha que, según él cree, tiene más voluntad de "jugar bien” con los virtuosos de Washington. Según sus estándares, las poblaciones de Europa deben estar en la guardería, ya que de acuerdo con una encuesta realizada en aquel momento por Gallup, que no fue difundida, la mayoría se oponía, aún más fuertemente que Francia, a la guerra de Bush y Blair. Se generó una amplia literatura para explicar por qué Francia, Alemania, Turquía y otros estaban tratando de minar el poderío de EUA. Para estos comentaristas parecía inconcebible que, cuando la gran mayoría de la población tiene una opinión, un gobierno pueda querer prestarle alguna atención.

Este desprecio por la democracia por parte de la Administración Bush y sus partidarios fue igualado por su desprecio por el sistema internacional. Hubo incluso llamados a disolver la ONU, que había "fracasado” (es decir, había fracasado en respaldar la política de EUA). EUA no intentará desmantelar la ONU pero se asegurará de limitar aún más su rol, porque si no va a obedecer órdenes, qué utilidad tiene? Como lo planteaba el moderado Colin Powell, la ONU puede dar autorización para que EUA haga lo que se propone hacer o puede "dejar de operar y tener otras discusiones”, pero esas son sus únicas opciones: seguir órdenes o constituirse en una sociedad de debates. No hay nada particularmente novedoso en esto, como lo revela la historia de vetos desde que la ONU alcanzará cierto grado de independencia en los ‘60 (con EUA liderando ampliamente, seguido por el Reino Unido, sin que otro país pueda acercarse). Pero el carácter extremo de las posiciones recientes tiene un significado no menor.

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